El estrés intenso y, sobre todo, el estrés mantenido en el tiempo tiene un impacto profundo en nuestra salud. Está demostrado que activa de forma continuada la liberación de cortisol y catecolaminas, lo que debilita el sistema inmunológico y nos hace más vulnerables a infecciones y enfermedades inflamatorias.
Cuando una persona vive en estrés crónico, su organismo entra en un estado de alerta permanente que puede provocar:
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Trastornos cardiovasculares y del ritmo cardíaco
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Hipertensión arterial
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Alteraciones del metabolismo del colesterol
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Problemas digestivos
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Trastornos cerebrales como insomnio, angustia, dificultad para concentrarse, pérdida de memoria y depresión
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Un deterioro progresivo del sistema inmunológico
En los últimos años, muchas personas hemos ido perdiendo el control consciente de nuestra vida, sustituyendo el bienestar profundo por el placer inmediato.
La búsqueda constante de estímulos rápidos —comida, fiestas, compras, drogas o experiencias intensas— sobreestimula el sistema dopaminérgico del cerebro. Esto provoca que los placeres sencillos y cotidianos dejen de generar satisfacción.
Uno de los signos más claros de las adicciones graves es la incapacidad de disfrutar de lo simple: una comida familiar, una conversación con amigos, un partido de fútbol o un momento de calma ya no llenan.
Comprender lo que nos está ocurriendo no lo soluciona todo, pero alivia. Y comprender es siempre el primer paso hacia un cambio profundo y real.
